Manifiesto de la paloma migratoria

Una llamada a las galerías, bibliotecas, archivos y museos públicos y a sus patrocinadores para liberar nuestro patrimonio cultural ya digitalizado. Ilustrado con los cuentos ejemplarizantes de especies extintas y nuestra falta de acceso a lo que de ellas queda.

I.

¿Cuántas personas saben algo de las palomas migratorias?

Martha, la última paloma migratoria que vivió sobre la tierra, murió el 1 de septiembre de 1914. Algo menos de cincuenta años antes, las palomas salvajes, como así también se llamaban, volaban por Estados Unidos y Canadá en bandadas que alcanzaban los millones de ejemplares. Su número era tan grande que su llegada oscurecía el cielo durante horas y las ramas de los árboles se rompían bajo el impacto de su aterrizaje colectivo. Lo que se sentía al ser testigos de la llegada de estas aves ya era difícil de concebir para la gran mayoría de la población de comienzos del siglo XX. Sin embargo, no estamos hablando de relatos poéticos, sino de hechos de historia natural.

Simon Pokagon, un nativo americano Potawatomi, escritor y activista, vivió su juventud en un tiempo donde todavía era posible ver palomas migratorias “moviéndose durante horas en una columna ininterrumpida que, como un gran río, surcaba el cielo desde la mañana hasta la noche”. Pogakon advirtió que, si bien su tribu ya llamaba a estas aves O-me-me-wog, “la razón por la que la raza [sic] europea no aceptó ese nombre fue, sin duda, porque este pájaro era muy parecido a la paloma doméstica; los europeos, naturalmente, la llamaron paloma salvaje, al igual que a nosotros nos llamaban hombres salvajes”. Pokagon testimonia un método de caza de palomas migratorias consistente en alimentarlas con un mástil empapado en güisqui, lo que las imposibilitaba para volar. Pokagon quedó destrozado por un trágico paralelismo: su tribu fue devastada por la introducción de alcohol producido en grandes cantidades por el hombre blanco.

(Marshall County Republican [Plymouth, Indiana], September 10, 1857, pg. 3.)II.

La historia de las palomas migratorias viene acompañada de una incredulidad muy extendida. Cuando la visión de millones de estas aves era una parte integral del ecosistema y de la vida cotidiana de la América moderna, muchos no creyeron que una especie tan numerosa pudiera llegar a extinguirse. Cuando su desaparición se convirtió en un hecho innegable, la gente dijo que simplemente se habían desplazado a Sudamérica. En la actualidad, perseguir sueños de resurrección ante la extinción antrópica refleja de qué modo fracasamos continuamente en comprender la irrevocabilidad de su muerte y en asumir nuestra responsabilidad.

Bajo todo ello, bien profundo,subyace una trágica falta de autorreflexión sobre lo que nosotros, los seres humanos, somos capaces de hacer. Muchos podrían tratar de ignorar este problema considerando que ese trata solo de una cuestión perteneciente a tiempos y sociedades ya pasadas. Sin embargo, no es necesario indagar muy a fondo. No nos olvidemos de la amplia difusión que todavía tiene la negación del cambio climático. No nos olvidemos de las anti-narrativas del movimiento Black Lives Matter, que afirman que el racismo sistemático no existe, rechazando cualquier conexión con el colonialismo.

Si como seres humanos queremos mejorar, nuestra definición de lo que significa ser humano debe incluir el reconocimiento de todos los horrores de los que somos capaces, tanto en sociedades pasadas como presentes. La opresión sistemática de otros y la masacre de miles de millones de animales son acciones cometidas por los seres humanos. Por nosotros. Solo podremos llegar a ser mejores si nos damos cuenta de que, además de todas las cosas maravillosas de las que somos capaces, nosotros somos también los horrores que hemos producido; horrores que pueden volver a suceder si no cambiamos la manera en la que convivimos.

III.

Aquí observamos una foto de uno de los últimos tilacinos, una especie que se extinguió cuando Benjamin murió el 7 de septiembre de 1936. Nuestra imaginación trata de asimilarlo a través de animales que conocemos: es un tipo de tigre o de lobo, nos decimos. Pero, en realidad, el tilacino no es ninguno de los dos, ni siquiera está remotamente relacionado con ellos. ¿Qué colores tenía? ¿Qué sonido emitía?

¿Cómo nos sentimos cuando miramos fotografías de animales desaparecidos hace mucho tiempo? Melancolía, miedo reprimido ante la muerte, pena pero también la empatía, deseo de actuar… todos ellos son sentimientos muy importantes. El blanco y negro trasmite la tristeza de la pérdida definitiva de una manera que el color no puede expresar. La fotografía, por engañosa que pueda ser, es capaz de eliminar el cinismo y de inducir emociones profundamente humanas, aquellas que deberíamos sentir cuando pensamos en la injusticia –humana y no humana–, la extinción o la crisis climática.

IV.

Revisar la historia proporciona un espacio mental donde podemos observar a la humanidad y preguntarnos por las causas y los “qué pasaría si” sin la frustración inmediata del presente. Es exactamente este alejamiento el que nos permite reconocer y reflexionar sobre los errores y las decisiones correctas.

Se supone que debemos aprender de la historia, pero la verdad es que no tenemos acceso a ella. Las fotografías históricas de animales extintos se encuentran entre los más importantes artefactos para enseñar e informar sobre el impacto humano en la naturaleza. Pero, ¿dónde mirar cuando uno quiere ver todo lo que queda de estos seres? ¿Dónde puedo acceder a todas las fotos existentes del tilacino o de la paloma migratoria? Los libros de historia usan fotografías para ayudarnos a entender las narrativas y a ver una realidad compartida. Pero, ¿cómo podemos ver a través del patrimonio fotográfico de nuestras propias comunidades, compartirlo entre nosotros y utilizarlo para la investigación y la educación?

Las fotografías históricas son custodiadas por archivos, bibliotecas, museos y otras instituciones culturales. La preservación, que es el objetivo de las instituciones culturales, significa asegurar no solo la existencia, sino también el acceso a los materiales históricos. Es lo contrario a la posesión; es compartir de manera sostenible. De igual modo, la conservación no es capturar y enjaular, sino garantizar las condiciones y la libertad para vivir.

A pesar de que la mayor parte de nuestro patrimonio cultural tangible no ha sido digitalizado aún – un proceso que ha devenido enormemente dificultoso por la falta de recursos para los profesionales-, ya podríamos tener mucho que mirar online. Sin embargo, la realidad es que una parte significativa de las fotografías históricas ya digitalizadas no se encuentra disponible gratuitamente para el público –a pesar de estar en dominio público–. Es posible que podamos ver miniaturas o vistas previas de tamaño mediano repartidas en numerosos catálogos online, pero la mayoría de las veces no podemos verlas con toda calidad y detalle. En general, están escondidas y el recuerdo de su existencia se va extinguiendo lentamente.

El conocimiento y el esfuerzo de estas instituciones son cruciales para cuidar nuestro patrimonio cultural, pero ellas no pueden convertirse en prisiones de nuestra historia. En vez de reclamar la propiedad, su tarea es proporcionar acceso sin restricciones y gratuitamente. El acceso al patrimonio cultural no debería quedar limitado a aquellos que puedan permitirse pagar por él.

V.

Reconociendo la importancia del acceso a la información y al patrimonio cultural, así como el papel vital que desempeñan las instituciones públicas, hacemos un llamamiento a las galerías, bibliotecas, archivos, museos, zoológicos y sociedades históricas, y a sus patrocinadores en todo el mundo:

1.) Las instituciones culturales deben reflexionar y repensar sus roles en relación con el acceso. Si bien el actual panorama de políticas culturales, la falta de infraestructura y los graves recortes presupuestarios no respaldan el libre acceso, las instituciones culturales no pueden perder de vista su papel esencial en la construcción de puentes hacia la cultura. La preservación debe significar la garantía de que nuestro patrimonio cultural se encuentre siempre fácilmente accesible para todos. Sin acceso público y gratuito, los arterfactos culturales serán solo objeto del olvido y de continuos redescubrimientos, conocidos únicamente por comunidades de élite.

2.) La preservación física no es suficiente. La preservación digital de copias y metadatos es esencial, pero, debido a la erosión de los espacios de almacenamiento, los archivos pueden dañarse fácilmente. Para garantizar la longevidad de los ítems digitales, se requiere la existencia del mayor número de copias posible, lo cual se puede lograr mediante procesos de compartición auspiciados por el libre acceso.

3.) Más allá de la preservación y el acceso, las instituciones necesitan comunicar la existencia y el contenido de sus colecciones, nuestro patrimonio cultural. Incluso con acceso ilimitado, no conocer la existencia y el contexto de los materiales históricos es casi lo mismo que si no existieran. Accesibilidad y buena comunicación son cruciales para llegar a personas que, de otra manera, tendrían un acceso menor al conocimiento.

4.) Las instituciones financiadas con fondos públicos no deberían transformarse al albur de las lógicas de mercado del neoliberalismo. El capitalismo desafía cada vez más el rol que corresponde a los archivos, museos y otras instituciones culturales. En este contexto, las instituciones culturales necesitan redefinirse a sí mismas de modo que el archivo, descripción y compartición de los bienes culturales sea posible dentro de los marcos del acceso y la ciencia abiertos. El remedio para los recortes presupuestarios y la mercantilización requiere diálogo público y colaboración a gran escala. Involucrar a personas externas al mundo académico también tiene un gran potencial: ONGs, voluntarios, entusiastas de los recursos libres, comunidades en línea y fuera de línea, así como individuos apasionados representan grandes recursos y, por ello, no se deberían escatimar esfuerzos en alentar su participación. Al igual que los ciudadanos científicos, también puede haber ciudadanos archiveros.

5.) Liberar y publicar todas las fotografías y obras de arte digitalizadas que se encuentren en dominio público o cuyos derechos de distribución son propiedad de las instituciones públicas. Se deben dliminar todas las restricciones de acceso, calidad y reutilización, al mismo tiempo que se aplican consideraciones culturales y éticas a casos especiales cuando el acceso abierto no sea posible, por ejemplo, el material relacionado con culturas indígenas (“abierto por defecto, cerrado por excepción”).1 Se debe también priorizar la adaptación de los principios y valores recomendados por la iniciativa OpenGLAM en la próxima “Declaración sobre acceso abierto para el patrimonio cultural”.2

6.) Todas las colecciones deberían ser buscables y encontrarse accesibles en un repositorio fotográfico digital de carácter internacional. En vez de dedicar tiempo al desarrollo de varias plataformas nuevas para cada institución, el candidato ideal para una base de imágenes central e independiente que proporcione el mayor alcance posible parece ser Wikimedia Commons. El uso de Commons proporcionaría una oportunidad inmediata para liberar el patrimonio cultural, permitiendo, al mismo tiempo, el desarrollo a largo plazo de archivos digitales con fines institucionales.3 Dirigida por la fundación sin ánimo de lucro Wikimedia Foundation, Commons es una plataforma multilingüe, abierta, gratuita y gestionada por la comunidad. Proporciona acceso a millones de usuarios compartiendo imágenes con licencias abiertas. Las Wikipedias de todos los idiomas están usando Commons para ilustrar sus artículos y las fotografías aparecen en portales de noticias, blogs y artículos de investigación a lo largo de todo el mundo. Wikimedia está abierta a la colaboración con la comunidad GLAM y muchas instituciones ya están activas en el sitio, incluida la Digital Public Library of America4 y Cultureel Erfgoed.5 Mediante el uso de Commons, las instituciones también se beneficiarán: la plataforma se ejecuta en un software flexible y gratuito, donde las fotos se pueden describir y categorizar utilizando datos estructurados. Emplear la participación de una comunidad grande y diversa en la catalogación, etiquetado, publicidad e, incluso, investigación puede ahorrar tiempo y reducir costos. Al mismo tiempo, las instituciones conservarán las copias físicas y podrán usar las fotografías digitalizadas también en sus propias plataformas. Las imágenes en Commons también citarán su institución de origen, garantizando una mayor visibilidad de sus colecciones y esfuerzos.

Hoy vamos tan por delante en el olvido de nuestro pasado que estamos muy cerca de repetirlo. Brindar acceso gratuito y universal a la cultura y al conocimiento es uno de los pasos que debemos dar para evitarlo.

Firmantes

African Digital HeritageArchives Portal Europe FoundationAssociazione Italiana Biblioteche GOAPDCenter for Open ScienceCOMMUNIACRAI Universitat de BarcelonaCrested Tit CollectiveCurlew ActionDARIAH-EUDieDatenlaubeEuropeana FoundationHumanidades Digitales HispánicasHumanities for ChangeInternational Centre for Archival Research (ICARUS)Knowledge Futures Group (MIT)New Networks for NatureOpen Education Resources GhanaOpen Humanities PressOpen Knowledge MapsOPERASPensoft PublishersPHOTOCONSORTIUMReclaim The RecordsResearch Ideas and Outcomes

Daisy M. Ahlstone – Ohio State University
Stacy Alaimo – University of Oregon
Stefan Aumann – Hessian State Office for Regional History
Paola Banegas – Universidad Católica Argentina, SEGEMAR
Patrick Barkham – The Guardian
Amy-Jane Beer – Independent, biologist, nature writer
Jens Bemme – Saxon State and University Library Dresden
Sarah Bezan – University of Sheffield
Jeroen Bosman – Utrecht University Library
Patricia Brien – Bath Spa University
Ronald Broglio – Arizona State University
Matthew R. Calarco ‎– California State University, Fullerton
Cameron Campbell – Online Thylacine Museum
Fiona Campbell – Independent, artist
Cat Chong – Nanyang Technological University, Singapore
Christopher Cokinos – University of Arizona
Marina Cotugno – Independent, photo editor
Jill Cousins – Hunt Museum
Thomas Crombez – Royal Academy of Fine Arts Antwerp
Istvan Csicsery-Ronay – DePauw University, Humanimalia
Anna Dempsey – Bath Spa University
Jessica M. DeWitt – Network in Canadian History & Environment (NiCHE)
Tinghui Duan – Friedrich Schiller University Jena
Ehab K. Eid – IUCN Species Survival Commission
Jonathan Elmore – Savannah State University
Christian Erlinger – Vienna Public Libraries
Andreas Ferus – Academy of Fine Arts Vienna
Frank Fischer – Higher School of Economics (Moscow), DARIAH-EU
Franz Fischer – Venice Centre for Digital & Public Humanities
Andy Flack – University of Bristol
Errol Fuller – Independent, writer
Madeline B. Gangnes – University of Scranton
Martin Gersbach – Museos Abiertos
Terry Gifford – Bath Spa University
Lucy Gill – University of California Berkeley
Giovanna Gioli – Bath Spa University
Dorothea Golbourne – Independent, sustainability copywriter
Cesar Gonzalez-Perez – Instituto de Ciencias del Patrimonio (Incipit)
Mitch Goodwin – University of Melbourne
Andrew Gosler – University of Oxford, EWA
Mark Graham – University of Oxford, Fairwork
Jonathan Gray – King’s College London, Public Data Lab
Adam Green – The Public Domain Review
Katrina van Grouw – Independent, writer, illustrator
Gary Hall – Coventry University, OHP
Adam Harangozó – Independent, author/initiator of the manifesto
Stevan Harnad – Université du Québec à Montréal, Animal Sentience
Terry Harpold – University of Florida
Caroline Harris – Royal Holloway, University of London
Laura Hellon – Royal Holloway, University of London
Marieke Hendriksen – Royal Netherlands Academy of Arts and Sciences (KNAW)
Charlotte Hess – Digital Library of the Commons, Indiana University
Daniel Himmelstein – University of Pennsylvania
Steve Hindi – Showing Animals Respect and Kindness (SHARK)
Ben Hoare – Independent, author, naturalist

Richard Hoffmann – York University
Poul Holm – Trinity College Dublin
Branden Holmes – REPAD
Briony Hughes – Royal Holloway, University of London
Julian Hume – Natural History Museum, London
Richard Iveson – University of Queensland
Sigi Jöttkandt – UNSW Sydney, OHP
Paul Keller – University of Amsterdam, COMMUNIA
Wouter Koch – Norwegian University of Science and Technology
Richard Kock – Royal Veterinary College
John Laudun – University of Louisiana
Peter Maas – Independent, The Sixth Extinction website
Roger Maioli – University of Florida
Christof Mauch – Rachel Carson Center for Environment and Society, LMU
Federico Mazzini – MobiLab, University of Padova
Daniel Mietchen – University of Virginia
Paolo Monella – Venice Centre for Digital and Public Humanities
Lenore Newman – University of the Fraser Valley
Brian Nosek – University of Virginia, Center for Open Science
Melek Ortabasi – Simon Fraser University
David Ottina – Open Humanities Press
Ben Parry – Independent, artist
Bill Pascoe – University of Newcastle, Australia
Justine Philip – Museum Victoria, University of New England
Bo Poulsen – Aalborg University
Andrew Prescott – University of Glasgow
Kate Rigby – Bath Spa University
Kenneth F. Rijsdijk – University of Amsterdam
Gimena del Rio Riande – University of Buenos Aires, IIBICRIT-CONICET
Antonella De Robbio – E-LIS
Merete Sanderhoff – Statens Museum for Kunst Copenhagen, Europeana
Marco Sartor – University of Parma
Boria Sax – Mercy College
Jeffrey Schnapp – Harvard University
Philip Seddon – University of Otago
Nicole Seymour – California State University, Fullerton
Sadik Shahadu – Global Open Initiative
Stephen Sleightholme – International Thylacine Specimen Database (ITSD)
Cooper Smout – Queensland Brain Institute, IGDORE
Genese Sodikoff – Rutgers, The State University of New Jersey
John Sorenson – Brock University
Heather Staines – Knowledge Futures Group (MIT)
Peter Suber – Harvard University
Eline D. Tabak – University of Bristol & Bath Spa University
Simon Tanner – King’s College London
Chao Tayiana – African Digital Heritage, Museum of British Colonialism
Michael P Taylor – University of Bristol
Erzsébet Tóth-Czifra – DARIAH-EU
Kevin Troch – University of Mons, MUMONS
Harry Verwayen – Europeana Foundation
Sacha Vignieri – Science Magazine
Mathew J. Wedel – Western University of Health Sciences
Francisco Welter-Schultes – University of Göttingen
Joshua Williams – Bath Spa University
Steve Williams – Singleton Park Library, Swansea University

Traducción: María Ortiz Tello y Nuria Rodríguez Ortega


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